Y no podía más, había llegado al
límite, lo insospechado, no aguantaba un solo segundo. Sentía la
presión en todo mi cuerpo, acumulándose en mi estomago, percibiéndose por cada uno de los poros de mi piel, rodeándome.
Estaba sobrepasado, a un mero paso de la linea que cruza a la locura.
No podía más, y entonces, corrí.
Corrí tan rápido como mis piernas me
lo permitieron, tan rápido como mi sistema circulatorio oxigenaba
cada uno de mis músculos que componen mi cuerpo para hacerme continuar.
Corrí sin mirar hacia donde iba, sólo
seguía mi camino, el que dictaban mis pies, el que se iba formando
mientras corría.
Cuando vi la entrada que llevaba lago,
torcí a la izquierda, me colé por ella, y seguí corriendo. Era de
noche, pero no me importó. Yo me estaba liberando, me estaba
liberando de todo lo que tenía dentro, liberándome de lo que en ese
momento estaba apoderándose de mi yo, de mi mismo, y de todo lo que soy. Me introduje en más profundo del camino, ese sitio donde
realmente, solo estaba yo. Y entonces me paré.
Seguía sintiendo la rabia por todo mi
cuerpo, consumiéndome por dentro, alimentándose en si misma,
creciendo en mi interior. Sentí la impotencia, la inestabilidad, la
soledad, y grité.
Grité tan fuerte como pude, grité desgarrándome la garganta, expulsando el poco aire que podía mantener
en mis cansados pulmones. Lo inunde todo con mi voz, alterando la
tranquilidad que allí se respiraba, despertándolo todo. Grité hasta
que no me quedo nada dentro, hasta que liberé hasta el último de
esos sentimientos, hasta sentirme yo mismo libre de nuevo.
Y entonces la vi, ese ser etéreo entre
lo árboles, divino, dejando su ligero resplandor azul tras de sí,
atrayéndome hacia sí, sin intención, y con una fuerza desmesurada.
Todo mi cuerpo quería seguirlo. A sus cabellos largos, a sus
turgentes senos, a sus grandes ojos, a su liviano cuerpo. Todo mi
cuerpo quería seguirla. Y la seguí.