sábado, 26 de octubre de 2013

Nuestra mente piensa las cosas que nosotros le dejamos crear.


Alice me miró de soslayo.

-¿Qué te pasa?

-¿Realmente es necesario que tenga que explicarlo?

Alice soltó un suspiro de exasperación y me miró fijamente.- ¿Crees que puedes estar siempre así, triste por el avance que ha tenido mi vida, de veras crees que te sirve de algo?

-¿Crees que quiero estar así? No hay un (puto) día, ¡ni uno solo!,  en el que no desee que lo que siento por ti desaparezca, se elimine por completo, porque comienzo a odiarlo, odio tener que estar enamorado de ti porque no tiene sentido ni utilidad. El único funcionamiento que tiene, ¡el único!, es el de causarme dolor, el de que siempre que el tema tenga indicios de aparecer me de ese vuelco tan jodidamente molesto el estómago, el sentir que tienes una malla de espinas enredada alrededor del (puto) corazón, aprisionándolo y asfixiando(me)lo por momentos, cada vez clavándose más adentro, heridas tan profundas que ya nunca llegarán a cicatrizar. Enserio, ¿crees que me gusta eso? Porque no puedes estar más equivocada, daría todo lo que soy, ¡TODO!, porque (toda esa mierda) se acabase. A fin de cuentas, todo lo que soy, es lo que está consumiendo.


Alice apartó la mirada, parecía dolida, pero lo siento, esta vez no tenía ganas de hacer nada. Era la verdad, y ella tendría que soportarla del mismo modo que yo soportaba la suya día tras día.