sábado, 26 de octubre de 2013

Nuestra mente piensa las cosas que nosotros le dejamos crear.


Alice me miró de soslayo.

-¿Qué te pasa?

-¿Realmente es necesario que tenga que explicarlo?

Alice soltó un suspiro de exasperación y me miró fijamente.- ¿Crees que puedes estar siempre así, triste por el avance que ha tenido mi vida, de veras crees que te sirve de algo?

-¿Crees que quiero estar así? No hay un (puto) día, ¡ni uno solo!,  en el que no desee que lo que siento por ti desaparezca, se elimine por completo, porque comienzo a odiarlo, odio tener que estar enamorado de ti porque no tiene sentido ni utilidad. El único funcionamiento que tiene, ¡el único!, es el de causarme dolor, el de que siempre que el tema tenga indicios de aparecer me de ese vuelco tan jodidamente molesto el estómago, el sentir que tienes una malla de espinas enredada alrededor del (puto) corazón, aprisionándolo y asfixiando(me)lo por momentos, cada vez clavándose más adentro, heridas tan profundas que ya nunca llegarán a cicatrizar. Enserio, ¿crees que me gusta eso? Porque no puedes estar más equivocada, daría todo lo que soy, ¡TODO!, porque (toda esa mierda) se acabase. A fin de cuentas, todo lo que soy, es lo que está consumiendo.


Alice apartó la mirada, parecía dolida, pero lo siento, esta vez no tenía ganas de hacer nada. Era la verdad, y ella tendría que soportarla del mismo modo que yo soportaba la suya día tras día.

domingo, 10 de febrero de 2013

Una tarde de domingo rara,
con abrazos en decadencia,
que se quedan tras las puertas
que no has llegado a abrir,
con besos que aun te esperan,
congelándose en el jardín

lunes, 4 de febrero de 2013


Miraba a su alrededor y las cosas estaban tiradas, todo en su perfecto desorden. La perfección dentro del caos, la inexactitud dentro de un mundo plagado de lo correcto. Sí, ahí estaba él, mirando a su alrededor, hacía todo lo que le rodeaba, todo lo que de alguna forma, bien por costumbre, bien por especial, bien por el dolor, o bien por la alegría, había pasado a formar parte de él. Avanzó lentamente por la destartalada habitación. Había vigas rotas y tiradas en mitad de la estancia de daños que no había podido eliminar de su corazón. Golpes que habían creado tal fisura que ya vivirían para siempre con él. Pero no importaba, avanzó a través de ellos  de forma fácil y grácil, porque sí, que una herida sea imborrable no significa que no deje de doler, simplemente que de ella hemos sacado una gran lección y como toda lección debe dejar su marca en el tiempo. Siguió avanzando por la estancia, iba con paso lento pero decidido, mirando cada rincón por insignificante que este fuese, reparando en cada detalle por intrascendental que pareciese. Conforme avanzaba, vio cosas, muchas cosas, recuerdos que le hicieron reír hasta llorar, otros que le hicieron llorar hasta no poder más. Había tantos estantes con historias en las que él era el único protagonista, tantos marcos con fotos con tanto trasfondo a sus espaldas. Miró con detenimiento cada una de ellas, cada momento de su vida, con esa nostalgia que se tiene, a veces, con esos momentos que vivirías una y otra vez.
Siguió su paseo, cada vez más lento, cerciorándose de no dejarse nada atrás, pues todo era importante, todo formaba parte de él.
Cada vez la cama estaba más cerca, por un instante tuvo miedo, mucho miedo, y se quedó parado donde estaba, esa parte de la estancia estaba iluminada de una forma especial, la luz llegaba con mucha intensidad pero sin llegar a dañar los ojos, parecía que se pudiese masticar la felicidad, pero él no podía estar más asustado, asustado de no tener momentos como ese otra vez, asustado de lo que le pudiese estar esperando después, entonces en sus manos apareció una foto con su mujer, una foto que parecía decirle, todo va a estar bien, él susurro un gracias y continuó su camino, con paso lento. Cuando más le costaba andar se apoyaba en las estanterías para ayudarse.
Cuando estaba a punto de llegar le fallaron las piernas y cayó. Intentó levantarse pero le era imposible, todos sus músculos y huesos le dolían. Entonces todas las personas a las que había conocido a lo largo de su vida se materializaron delante de él, todos con una gran sonrisa, y juntos lo levantaron y lo acompañaron en el último tramo. Una vez lo dejaron en la cama sintió unas irrefrenables ganas de llorar, el miedo volvió a apoderarse de él con muchas más fuerza que la última vez. Todas las personas a su alrededor lo miraron en ese momento, con sus esplendidas sonrisas y le dijeron "Todo va a salir bien, no tienes por qué llorar". Él sintió toda su paz, todo su bienestar, les sonrió y dejó que por todas y cada una de sus partes penetrase esa paz.

martes, 13 de noviembre de 2012

Free


Y no podía más, había llegado al límite, lo insospechado, no aguantaba un solo segundo. Sentía la presión en todo mi cuerpo, acumulándose en mi estomago, percibiéndose por cada uno de los poros de mi piel, rodeándome. Estaba sobrepasado, a un mero paso de la linea que cruza a la locura. No podía más, y entonces, corrí.
Corrí tan rápido como mis piernas me lo permitieron, tan rápido como mi sistema circulatorio oxigenaba cada uno de mis músculos que componen mi cuerpo para hacerme continuar.
Corrí sin mirar hacia donde iba, sólo seguía mi camino, el que dictaban mis pies, el que se iba formando mientras corría.
Cuando vi la entrada que llevaba lago, torcí a la izquierda, me colé por ella, y seguí corriendo. Era de noche, pero no me importó. Yo me estaba liberando, me estaba liberando de todo lo que tenía dentro, liberándome de lo que en ese momento estaba apoderándose de mi yo, de mi mismo, y de todo lo que soy. Me introduje en más profundo del camino, ese sitio donde realmente, solo estaba yo. Y entonces me paré.
Seguía sintiendo la rabia por todo mi cuerpo, consumiéndome por dentro, alimentándose en si misma, creciendo en mi interior. Sentí la impotencia, la inestabilidad, la soledad, y grité.
Grité tan fuerte como pude, grité desgarrándome la garganta, expulsando el poco aire que podía mantener en mis cansados pulmones. Lo inunde todo con mi voz, alterando la tranquilidad que allí se respiraba, despertándolo todo. Grité hasta que no me quedo nada dentro, hasta que liberé hasta el último de esos sentimientos, hasta sentirme yo mismo libre de nuevo.

Y entonces la vi, ese ser etéreo entre lo árboles, divino, dejando su ligero resplandor azul tras de sí, atrayéndome hacia sí, sin intención, y con una fuerza desmesurada. Todo mi cuerpo quería seguirlo. A sus cabellos largos, a sus turgentes senos, a sus grandes ojos, a su liviano cuerpo. Todo mi cuerpo quería seguirla. Y la seguí.

viernes, 26 de octubre de 2012

El frío.

En nuestros largos paseos por el lago, Neitham me hablaba de cosas de la vida, de sus pensamientos más profundos, o sus desvariaciones, según el punto desde el que decidamos analizarlo.
Uno de los días, mientras estábamos sentados, Neitham me hablo del frío.
Según su teoría en el mundo existían dos tipos distintos de frío.
El primero era el frío climático, o “frío del cuerpo”, como él lo llamaba. Este se daba cuando había una bajada en las temperaturas. Este frío se notaba con el cuerpo; podías sentirlo en tus huesos, en tus músculos, en el enrojecimiento de tu nariz, o en el castañeo de los dientes. Este era un frío salvable, es decir, del que te podías proteger con ropa, con el calor corporal de otra persona, o con una simple estufa.
Luego estaba el frío simbólico, o, como el lo llamaba, “el frío del alma”. Este era un frío que se creaba y depositaba dentro de ti, que se sentía justo en el centro de tu pecho, en el lugar correspondiente al corazón.
De los dos fríos, este era el peor, pues este era un frió que helaba, de una forma dolorosa, un frío que se creaba cuando en tu interior te faltaba algo, y la continua exposición a él te acababa dejando completamente vacío. Era un frío insalvable, una vez se instauraba, no había elemento alguno con el que retomar de nuevo el calor.
Neitham decía, que muchas personas lo intentaban en vano, que simulaban que ese frío se había ido, cuando en realidad sólo se estaban engañando, incrementando el agujero negro de su interior.
Hoy me acuerdo de Neitham y sus ideas sobre el frío, sin duda, el sufría de ese segundo, y en su caso lo había consumido casi por completo.
Me habría gustado poder decirle lo que ahora sé, que sí que hay forma de aplacar ese frío, que sólo tiene que buscar la falta que lo provoca, encontrarla, aunque sea difícil y luchar por llenarla otra vez.
Sí, hoy me acuerdo de Neitham, y sé que aunque lo hubiese intentado, Neitham no me habría creído, porque en su caso, el vacío que provocaba su frío, era realmente imposible de rellenar.

lunes, 15 de octubre de 2012

La luz siempre llega

Hace días que vengo pensando en escribir algo y al final voy a escribir lo menos pensado.

Las personas comparamos la vida con millones de cosas, como un camino, escalar, y un largo etc. Yo hoy la voy a comparar con una bombilla.

Sí, la vida es una bombilla, la cual, como la bombilla, va por etapas. Normalmente esa bombilla tiene un brillo normal, el justo para alumbrar la estancia en la que estamos. Nos permite saber qué es lo que tenemos alrededor, nos ayuda a elegir unas cosas u otras y tal vez lo más importante, nos mantiene en un estado de mediana felicidad, lo justo, es decir, la felicidad con la que vive cualquier persona del mundo.

Pero hay ocasiones en las que las circunstancias de la vida, hacen que esa luz ilumine con más fuerza. Esa luz nos eleva hasta el infinito, y es en ese momento cuando somos más felices de lo que jamás habríamos pensado, creemos que esa felicidad durará siempre y que esa luz que con tanta fuerza nos ilumina y que nos hace descubrir cosas que jamás habríamos pensado siquiera que estaban ahí siempre nos acompañará.

Pero toda bombilla tiene su límite, y al llegar a este no va descendiendo en escala, ella se apaga de sopetón. Y nos deja en ese cuarto, solos, perdidos, a oscuras y completamente deslumbrados por el fulgor que acabamos de recibir. Y esa oscuridad duele, aprisiona, asfixia.

Al principio permanecemos quietos, no nos movemos, nos preguntamos qué ha pasado, por qué se ha ido toda la luz y sentimos el vacío que esa luz nos ha dejado. Nos intentamos mover, buscar la salida, una solución para que esa luz vuelva, pero sólo en algunas ocasiones lo hace y estas ocasiones se cuentan con los dedos de la mano.

Es, cuando no lo conseguimos, cuando nos vamos perdiendo más y más en esa oscuridad, y no podemos salir, no vemos salida alguna, sólo sabemos caer, una caída que nunca cesa y siempre hay un nivel más bajo.

Pero hay que recordar, o eso me dijeron una vez, que dentro de toda, incluso de la más absoluta oscuridad, hay luz. Tal vez al principio no sea apreciable o no creas que esa afirmación sea verdad. También puede, que a la hora de mostrarse, sea casi imperceptible, o que ya esté con nosotros y nos estemos dando cuenta. Pero dicen que está ahí y que sólo nosotros y el tiempo somos los encargados de encontrarla y volver a encender la bombilla, no como antes, pero al menos, encendida.


domingo, 14 de octubre de 2012

Caes lentamente, como el pétalo de una flor de cerezo mecido por el viento, con sus vueltas incluidas. Todo va a un ritmo muy pausado, recreándote en cada circulo, trazando a la perfección la circunferencia de tu movimiento, cada vez siendo esta un poco más abierta, cada vez siendo el espacio recorrido un poco más hondo. Te vas introduciendo en ti mismo; como si fueses un lago, o quizá un río, todo depende de la velocidad con la que estés administrando tus pensamientos. Lo importante es que cada  vez estás más hondo. ¿Conociéndote? Puede, o puede que hasta ahora sólo has llegado a la profundidad justa de organizar, pues lo que ya conoces no hace falta volver a aprenderlo, pero sí estructurarlo. Vas dejando ese primer nivel atrás. Todo se vuelve más pantanoso, ahora avanzar es un poco más difícil, es claramente como moverse en el agua, movimientos lentos y que requieren un mayor esfuerzo, ¿Lo bueno? la circunferencia es cada segundo más grande, sí, tiene el contrapunto de que tienes más a recorrer, pero no podemos olvidar la parte positiva, lo que realmente importa de que se haga más grande cada momento, esclarece tu pensamiento, vas hondonando en ti.

- ¿Has sentido alguna vez que estas tan perdido que no consigues recordar siquiera quien eres?

-Sí, y este es, quizá, el mejor momento para comenzar a redescubrirlo.