En nuestros largos paseos por el lago, Neitham me hablaba de cosas de la vida, de sus pensamientos más profundos, o sus desvariaciones, según el punto desde el que decidamos analizarlo.
Uno de los días, mientras estábamos sentados, Neitham me hablo del frío.
Según su teoría en el mundo existían dos tipos distintos de frío.
El primero era el frío climático, o “frío del cuerpo”, como él lo llamaba. Este se daba cuando había una bajada en las temperaturas. Este frío se notaba con el cuerpo; podías sentirlo en tus huesos, en tus músculos, en el enrojecimiento de tu nariz, o en el castañeo de los dientes. Este era un frío salvable, es decir, del que te podías proteger con ropa, con el calor corporal de otra persona, o con una simple estufa.
Luego estaba el frío simbólico, o, como el lo llamaba, “el frío del alma”. Este era un frío que se creaba y depositaba dentro de ti, que se sentía justo en el centro de tu pecho, en el lugar correspondiente al corazón.
De los dos fríos, este era el peor, pues este era un frió que helaba, de una forma dolorosa, un frío que se creaba cuando en tu interior te faltaba algo, y la continua exposición a él te acababa dejando completamente vacío. Era un frío insalvable, una vez se instauraba, no había elemento alguno con el que retomar de nuevo el calor.
Neitham decía, que muchas personas lo intentaban en vano, que simulaban que ese frío se había ido, cuando en realidad sólo se estaban engañando, incrementando el agujero negro de su interior.
Hoy me acuerdo de Neitham y sus ideas sobre el frío, sin duda, el sufría de ese segundo, y en su caso lo había consumido casi por completo.
Me habría gustado poder decirle lo que ahora sé, que sí que hay forma de aplacar ese frío, que sólo tiene que buscar la falta que lo provoca, encontrarla, aunque sea difícil y luchar por llenarla otra vez.
Sí, hoy me acuerdo de Neitham, y sé que aunque lo hubiese intentado, Neitham no me habría creído, porque en su caso, el vacío que provocaba su frío, era realmente imposible de rellenar.
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