domingo, 7 de octubre de 2012

Todo comienzo tiene su historia

La lluvia repiqueteaba en la ventana, mientras, yo me encontraba tendido en la cama absorto en mis pensamientos. Me incorporé y eche una mirada a través del cristal. La vista era simplemente preciosa. Podía apreciar los arboles ya con sus hojas teñidas de amarillo y  marrón por el otoño. A lo lejos estaban las montañas, apenas visibles por culpa de la niebla. Si me permitís el detalle, era más bonito así, la niebla dotaba al paisaje de una atmosfera encantadora. Si lo uníamos todo, parecía prácticamente sacado de un cuento de hadas, que a fin de cuentas ¿Qué es esto sino un cuento? La vida en sí misma me refiero. Cada uno creando su historia, sus hazañas, sus brujas y hechiceros, amigos y enemigos, rescatados y rescatadores. Más que un cuento, podría ser una novela, una genial, la de nuestra vida, ¿Puede existir historia mejor? Con sus idas y venidas, problemas y soluciones, días buenos, no tan buenos, y mejores. Es impresionante lo poco que valoramos eso a veces. Como dejamos que se escape sin hacer nada, viéndola, que no viviéndola. Como si se tratase de una película.
Decidí apartar esos pensamientos de mi cabeza conforme de volvía a dejar caer en la cama. No es que no me gustasen, o me asustasen, sencillamente es que no tenía ganas de filosofar.
Miré a mi techo, todo plagado de pegatinas con forma de estrella, de estas que se iluminan por la noche. Lo adoraba, yo mismo me había encargado de recrear las constelaciones con ellas, por la noche era algo hermoso, en serio, me encantaría que pudieseis verlo porque imaginarlo, siento decir, que en este caso, no le hace respeto.
Cerré los ojos un instante, concentrándome sólo en el sonido de las gotas de agua al golpear la ventana y el suelo de la calle.
Pocas veces experimento tanta paz como cuando escucho llover, ¿No lo habéis experimentado nunca? el dejar que el sonido del agua sea lo único que os inunde, que no existiese mundo, sólo vosotros y ella. Sentir como una extraña sensación recorre todo vuestro cuerpo, sin dejar nada, ni el más milésimo milímetro sin esa sensación, sin esa paz interior. Es algo mágico, en serio. Es algo fácil de experimentar y no hacerlo por lo menos una vez antes de morir debería ser pecado.
Por cierto, para los que les interese, y para los que no, mi nombre es Adam. Se podría decir que soy un típico chico inglés de diecinueve años, un metro setenta de estatura, complexión delgada, pelo rubio  y liso, y ojos azules. Sí, se podría decir que soy un típico chico inglés, o al menos alguien que no supiese ver más allá de lo estrictamente visible lo diría. Pues, honestamente, pienso que no hay un afirmación tan desacertada de la realidad, y tan cercana a ella al mismo tiempo. Ya lo iréis descubriendo, aquellos que no me abandonéis en el intento.
Dejé que aquella calma y energía que me estaba transmitiendo la lluvia se prolongase durante algún tiempo más y luego me levante de la cama. Observe lentamente mi habitación, la que antes había pertenecido a mi hermano Steve y que yo herede cuando él se fue a la universidad.
Era una habitación grande, con el suelo de madera. Al lado de la puerta se encontraba un armario empotrado, colgado del techo había dos aviones de madera que mi hermano había construido él mismo. Justo enfrente del armario había un pequeño escritorio, de madera también, con mi portátil, un lapicero y dos cuadernos encima de él. A los pies de la cama había una estantería, que estaba completamente repleta de libros, tanto yo como mi hermano somos unos aficionados a la lectura, es por eso que cada vez es más difícil encontrar un sitio donde poder colocarlos. A la izquierda de mi cama había un gran ventanal, el mismo por el que antes había estado observando el paisaje, y a su derecha junto al cabecero se encontraba la mesita de noche.
Busqué a tientas mis gafas en la mesilla mientras repasaba mentalmente que me deparaba el día de hoy. Mientras las buscaba mi mano chocó con el libro que había estado leyendo esa misma noche. Lo recogí para ponerlo en su sitio y entonces reparé en una nota que estaba pegada a la portada. No recordaba haberla puesto, y en mi casa este fin de semana no había nadie, por lo que no sabía cómo había podido llegar allí.
En la nota únicamente se podía leer: "Adam, es hora de despertar".

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